
Recuerda Alasdair Gray que de niño, cuando tenía 8 o 9 años y residía con su familia en una casa de asilo pública a la que fueron trasladados a causa de la Segunda Guerra Mundial, supo que un día escribiría una historia que sería impresa en un libro. Y que esa suerte de “iluminación” le dio un sentimiento de poder “delirantemente alegre”. Mientras estudiaba en la Escuela de Artes de Glasgow, Gray comenzó a escribir ese libro soñado, el cual recién culminaría… 25 años después!!. Esa obra, “Lanark: la vida en cuatro libros” iba a ser cosa grande. Y vaya si lo fue: cuando se publicó en 1981, sus más de 1000 páginas catapultaron a su autor al trono de las letras escocesas. Gray fue considerado uno de los propulsores del renacimiento literario del país británico, y Lanark, uno de los “hitos” que definen a la ficción del siglo XX, tal cual sostiene el prestigioso periódico inglés The Guardian.
Muchos años para mantener una idea, un mismo hilo conceptual, no parecen haber sido obstáculos para el multifacético Alasdair Gray: “lo he logrado trabajando a menudo sobre ello, pensando y recordándolo”, responde seguro a sus 72 años, en un intento por restarle importancia a la infinitud que atraviesa una obra que se prolonga tanto tiempo hasta su concreción. Mientras tanto, durante todo ese tiempo, el escritor se reparte en múltiples actividades para ganarse la vida. Ya graduado en Artes, Gray se dedica a la ilustración, la pintura y los murales: fue retratista y profesor de tipografía. Si bien nunca abandona esa veta artística –la cual sería fundamental en la conformación del estilo que imprime a su producción literaria- antes de aterrizar definitivamente en la escritura, fue también guionista radial y televisivo, y escribió varias obras teatrales.
Una cuestión de placer visual
Lanark es sobre todo una novela con importante presencia autobiográfica: en una de las historias, el protagonista es un estudiante de arte de Glasgow en los años ’50, mientras que la segunda transcurre en una Glasgow del futuro, donde se ejerce una especie de control social opresivo, que muchos críticos insisten en relacionar con el lastre de los años de infancia del escritor, transcurridos entre enfermedades y la evacuación forzosa a causa de la guerra. La presencia de ilustraciones y el cuidado especial que presta a las tipografías en Lanark, serán una marca registrada en toda su producción posterior. Gray se preocupa hasta el mínimo detalle de todas las etapas de producción del libro, utilizando por momentos técnicas laboriosas, como corte y pegado de secciones, y una exhaustiva labor de “bosquejo” de su obra, en los que trabaja con textos y dibujos. Esta forma de concebir la obra fue una de las que propició que gran parte de la crítica la considerara posmoderna, categorización de la que rehuye el escocés: “todos los dispositivos literarios y tipográficos en Lanark fueron aprendidos de libros premodernos como Las mil y una noches, Alicia en el País de las Maravillas, La vida y opiniones del caballero Tristram Shandy. Entonces la palabra Postmoderno no creo que sea la apropiada para definir mi trabajo”.
En un intento por buscar referentes artísticos en esta forma de concebir la obra, el escritor esgrime que “los libros y tiras cómicas que más disfruté de niño eran producidos e ilustrados por sus autores, como Just so stories, de Rudyard Kipling y todo el trabajo de Beatriz Potter. Como los monjes que decoraron las copias de las Sagrada Escrituras, intento al escribir, ofrecer todo el placer visual a los lectores”.
Melancolía con humor
En los cuatro tomos que componen Lanark (comienza por el tres, termina por el cuatro, con un epílogo cuatro capítulos antes del final) conviven las dos historias en las que el autor combina realismo y fantasía, narradas por momentos en clave humorística, pero dejando entrever un trasfondo melancólico, por momentos pesimista y apocalíptico . Gray no ve dificultad en combinar estos elementos (humor, pesimismo y apocalipsis) en apariencia dispares: “pienso el sentido del humor inseparable de la melancolía. Las visiones apocalípticas del mundo sin los otros dos, son sensacionalismo sádico, peores que inútil”, dirá con seguridad.
El universo trágico de Gray se multiplica a medida que su obra literaria se expande. Así, en “Historias sobre todo inverosímiles”(traducida por Marcelo Cohen y publicada por Editorial Minotauro), los relatos que la componen abordarán la deshumanización y mecanización de la sociedad actual; en la novela “1982.Janine” la pornografía como dispositivo narrativo, genera un relato fantástico que pondrá al desnudo las relaciones de poder que se tejen social y políticamente; en “Un hacedor de historia”(también traducida por Cohen y publicada por Minotauro), el relato futurista transporta al lector al siglo XXIII, donde se suceden una serie de guerras militares y eróticas.
Fantasía distópica, aquella ficción que es la contracara de la utopía y en la cual no existe margen de escape al control opresivo y totalitario, el también muralista acepta que “la condición humana está en un momento crítico actualmente. Pero desesperándonos, abandonando las esperanza, solo encontraremos excusas para la pereza”. La forma que encuentra para exorcizar tantos demonios presentes en su obra, es, además de la ilustración y la confección de exquisitos murales, el activismo político y social. Conocida es su militancia por una Escocia libre e independiente del Reino Unido, además de participar en campañas humanitarias contra la proliferación de armas nucleares y la Segunda guerra del golfo que acabó con Sadam Husein.
Haciendo gala del humor ácido que lo caracteriza, dirá que nunca aprendió a escribir a máquina; que al principio, quienes se encargaban de esa tarea eran sus amigos o algunos mecanógrafos, y que desde 1992 es “lo suficientemente rico como para pagarle a una secretaria (Helen, quien redactó amablemente estas respuestas para Babasónicos.com) a quién dictarle mi trabajo para que lo introduzca en mi website personal, además de administrar actualmente mi blog. Sobre el final, mencionará que entre los escritores latinoamericanos que más respeta se encuentran Jorge Luis Borges y Gabriel García Márquez. De este último dirá que considera “Crónica de una muerte anunciada” mejor libro que la célebre “Cien años de soledad”. A contramano de la crítica otra vez, como cuando sostiene que entre sus propias obras, prefiere a “1982. Janine” por sobre la mundialmente reconocida “Lanark”. Habrá que aceptarlo, entonces.